Gracias a la fundación, mi hijo ahora tiene energía y alegría cada día.
María G.


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Liderazgo con humanidad: porque servir también es sentir el dolor ajeno, hay historias que no deberían existir en un país donde hablar de derechos humanos, salud y protección a la niñez se volvió tan común en discursos, reuniones y promesas. Pero la realidad que viven muchas familias es completamente distinta. Allí, donde una madre llora porque no encuentra ayuda para salvar a su hija, donde un niño depende de una atención urgente mientras el sistema revisa papeles y busca excusas, es donde verdaderamente se conoce quién está dispuesto a servir y quién solo habla de hacerlo.
Las historias de Sandra, Joselianny y Jarelis marcaron profundamente mi vida. No solamente como líder social, sino como ser humano. Porque una cosa es hablar de cambio y otra muy distinta es mirar a los ojos a familias desesperadas que sienten que el tiempo se acaba y que nadie responde. Sandra Abou Mounther Ortega, una niña migrante sirio-venezolana que padecía agenesia, ya tenía comprometido en un 40% el único riñón funcional que le quedaba. A pesar de estar dentro del sistema de salud, siempre existía una excusa para no actuar: que no aparecía registrada, que no tenía seguro, que no podía ser trasladada. Y mientras el sistema dudaba, su salud se deterioraba cada vez más. Aquello me golpeó profundamente. Porque entendí que muchas veces el problema no es la falta de recursos, sino la falta de humanidad. Ver cómo una niña podía quedar atrapada entre trámites y negligencias me hizo comprender que el liderazgo no puede quedarse únicamente en discursos bonitos o publicaciones en redes sociales.
Junto a la Veeduría en Salud Maicao La Guajira y la Superintendencia Nacional de Salud decidimos actuar. Nos apersonamos del caso y, después de tantas trabas, en menos de 24 horas logramos la orden de traslado hacia Barranquilla para que pudiera recibir atención especializada. Luego apareció la historia de Joselianny Espitia, que el amigo carlos escobar trajo en video de la niña de apenas siete años que desde que nació dependía de un marcapasos para vivir. La batería estaba a punto de agotarse y el tiempo corría en contra de ella. Tocamos muchas puertas buscando apoyo, pero la respuesta de muchas entidades y organizaciones fue siempre la misma: que no había recursos, que no existían programas para ese tipo de ayuda. Cada día que pasaba aumentaba el miedo de perderla. Y fue ahí donde comprendí que el verdadero trabajo social significa actuar incluso cuando parece imposible. En ese entonces la fundación apenas contaba con una casa humilde desde donde trabajábamos y luchábamos por ayudar a quienes más lo necesitaban. Desde esa casa organizamos rifas, buscamos ayuda y decidimos incluso rifar el carro que teníamos para intentar salvar la vida de esa niña. Una mañana, mientras compartíamos un café con Rafael Fernández, conocido cariñosamente como “Copete” Q.P.D., frente a aquella casa donde funcionaba la fundación, llegaron dos personas preguntando por nosotros. Un joven, que no tendría más de 25 años, nos dijo que su esposa seguía nuestras publicaciones y que queria saber sobre la niña, Dos días después, Joselianny estaba siendo atendida y recibiendo el cambio de su marcapasos. También está la historia de Jarelis. El 2 de agosto de 2023 recibimos un video donde se veía la urgencia de su estado de salud. Necesitaba una operación de cadera y ni siquiera estaba inscrita en el sistema de salud. Una vez más, junto a la Veeduría de Salud de La Guajira y la Superintendencia Nacional de Salud iniciamos la gestión para que pudiera recibir la atención que necesitaba. Y aunque el camino estuvo lleno de obstáculos, silencios e indiferencia, finalmente logramos sus traslados, sus atenciones médicas y sus operaciones. Ver a Sandra siendo trasladada para salvar su vida, ver a Joselianny volver a sonreír después del cambio de su marcapasos y saber que Jarelis finalmente pudo ser operada, fue una emoción imposible de describir. Fueron momentos que alegraron profundamente nuestros corazones, porque entendimos que detrás de cada gestión había una niña que tendría una nueva oportunidad para vivir, para jugar, para abrazar a sus padres y para seguir soñando. Estas historias me cambiaron para siempre. Me enseñaron que construir un mejor mañana no empieza con discursos ni con promesas políticas; empieza cuando alguien decide no ignorar el sufrimiento ajeno. Empieza cuando dejamos de preguntarnos quién debería ayudar y comenzamos a preguntarnos qué podemos hacer nosotros para salvar una vida. Por eso este mensaje también es un llamado para todos los líderes sociales, comunitarios y humanos. No podemos permitir que el liderazgo se convierta únicamente en palabras, reuniones o fotografías. La comunidad necesita presencia, empatía, valentía y acción. Porque el verdadero líder no es el que más habla. Es el que aparece cuando nadie más quiere hacerlo. Hoy puedo decir que estas niñas dejaron una huella imborrable en mi vida. Me recordaron que servir a la comunidad significa incomodarse, insistir y luchar incluso cuando todo parece imposible. Y me confirmaron que mientras exista amor por la gente y voluntad de servir, siempre habrá esperanza para construir un mejor mañana.
Fotos publicadas con autorización de sus padres




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